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El modelo insostenible del macroconcierto en estadios

El modelo insostenible del macroconcierto en estadios

Cuando el ocio choca con la agenda deportiva

La planificación de grandes eventos masivos en instalaciones polideportivas vuelve a poner sobre la mesa una fricción cada vez más habitual en las ciudades medianas europeas. La compatibilidad entre el calendario competitivo y la programación cultural no siempre resulta sencilla, y menos cuando se trata de recintos que fueron concebidos, en su origen, para la práctica deportiva. El caso más reciente en la ciudad herculina ilustra a la perfección esta dinámica de choque entre dos sectores que, paradójicamente, buscan exactamente lo mismo: llenar graderíos.

El debate no es nuevo ni mucho menos exclusivo de la geografía gallega. En los últimos años, metropolitanos como San Mamés, Mestalla o Balaídos han tenido que lidiar con la misma ecuación: ¿hasta qué punto un campo de fútbol debe rentabilizarse como plaza de conciertos sin que ello merme su esencia competitiva? La respuesta varía dependiendo de a quién se le pregunte, pero lo cierto es que el modelo de negocio que rodea a los estadios de élite ha cambiado radicalmente durante la última década.

La tiranía del aforo frente a la versatilidad urbana

Existe un factor determinante que suele pasar desapercibido en las disputas públicas por la ubicación de un espectáculo: la viabilidad estrictamente económica del formato. Montar una gira de reagrupación de una formación legendaria exige unas estructuras escénicas y unos costes logísticos que solo se amortizan con aforos superiores a los treinta mil asistentes. Reduce el espacio y el proyecto deja de ser rentable para la empresa que asume el riesgo financiero.

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Esto explica por qué las alternativas municipales, por muy bienintencionadas que sean, rara vez prosperan cuando entran en juego intereses de esta magnitud. Un recinto portuario o una instalación universitaria pueden ofrecer ventajas en cuanto a aislamiento acústico o facilidad de acceso, pero carecen de la capacidad necesaria para sostener la estructura de precios de un evento de primer nivel. El promotor no rechaza un espacio por capricho, sino porque las matemáticas del negocio le imponen unas reglas inquebrantables.

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Responsabilidades compartidas y límites institucionales

Ante situaciones de bloqueo, resulta tentador buscar un culpable único. Sin embargo, la realidad institucional es considerablemente más compleja. Un ayuntamiento tiene la obligación de proteger tanto el tejido asociativo deportivo como la oferta cultural de su municipio, pero no posee potestad para obligar a un actor privado a modificar su modelo de negocio. Del mismo modo, una empresa promotora invierte millones bajo un marco de certezas que no puede depender de la incertidumbre de una eliminatoria deportiva que se resolverá semanas después.

La planificación de grandes eventos masivos en instalaciones polideportivas vuelve a poner sobre la mesa una fricción cada vez más habitual en las ciudades medianas europeas.

El problema de fondo radica en la ausencia de protocolos claros que regulen con antelación suficiente estas contingencias. Cuando un consistorio cede un recinto de titularidad pública, las cláusulas de compatibilidad deberían establecerse con un margen temporal amplio que permita reaccionar a escenarios imprevistos. La firma de un contrato no debería ser el punto final de la relación administrativa, sino el inicio de una coordinación constante que evite llegar a situaciones de impás.

Hacia una gobernanza cultural de los espacios públicos

Lo que realmente debería preocupar a los ciudadanos no es quién tiene la razón en una disputa puntual, sino qué modelo de gestión queremos para nuestros equipamientos colectivos. Los estadios municipales son infraestructuras que se financian con dinero público y, como tales, su explotación debería estar al servicio del interés general y no convertirse en un botín disputado por intereses privados.

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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