Las llamas que arrasan estos días el municipio catalán de Tiana han encendido todas las alarmas en el Estado, pero también sirven como un recordatorio escalofriante para nuestra comunidad. Lo cierto es que ver las imágenes de pueblos confinados por el humo en el área de Barcelona nos transporta, casi de inmediato, a los veranos tristemente memorables que ya padecimos por aquí. La memoria duele. De hecho, el fuego no entiende de fronteras autonómicas, aunque las dinámicas de los montes mediterráneos y los atlánticos sean profundamente distintas. Nuestra «terra» tiene una vulnerabilidad particular que nos obliga a no bajar la guardia en plena temporada estival.
Galicia es, por naturaleza, una auténtica potencia forestal. Disponemos de más de dos millones de hectáreas de superficie arbolada, lo que supone casi un 70% de nuestro territorio, una cifra que duplica con creces la media nacional y que nos coloca a la cabeza en cuanto a masa forestal. Es un privilegio verde. Sin embargo, esta inmensa riqueza natural se convierte en un riesgo latente cuando las temperaturas se disparan y las lluvias escasean en las comarcas más cálidas. El espejo de Tiana nos obliga a mirar hacia nuestros propios montes con una mezcla de respeto y cautela.
El factor climático y el abandono del rural
El incendio en Cataluña ha demostrado una virulencia sorprendente, alimentado por un clima seco y unos vientos muy adversos que dificuraron las tareas de extinción. Ahora bien, la situación meteorológica en Galicia también está cambiando a un ritmo ciertamente preocupante para los expertos. Las temperaturas anormalmente altas de este inicio de verano, junto con un déficit de precipitaciones que ya empieza a asustar a nuestros agricultores, han reducido drásticamente la humedad de los suelos. Las condiciones se están tensando. Cabe recordar que nuestro clima atlántico, que antaño nos protegía durante los meses centrales del verano, hoy en día presenta niveles de sequedad que parecen sacados del área mediterránea.
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Ver en Hotels.com → PublicidadA esta coyuntura meteorológica se le suma un problema estructural de fondo que ya conocemos bien los gallegos. El abandono del medio rural ha dejado nuestras montañas llenas de maleza y biomasa acumulada, creando un combustible de altísima peligrosidad. No hay quien cuide las fincas. La falta de ganadería extensiva y la despoblación progresiva hacen que el monte se convierta en un polvorín a la espera de la primera chispa imprudente o de un simple cristal que haga efecto lupa bajo el sol.
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Para evitar escenarios dramáticos como el vivido en la localidad barcelonesa, la Xunta refuerza cada año sus dispositivos de prevención con una mezcla de «retranca» operativa y la última tecnología disponible. De hecho, el trabajo silencioso de las brigadas forestales, los retenes y los moto-bombas se ha intensificado notablemente, logrando contener la inmensa mayoría de los conatos antes de que se conviertan en tragedias incontrolables. El ojo humano sigue siendo vital en las torres de vigilancia. Pero ni la mejor tecnología térmica ni los helicópteros anfibios pueden sustituir a la colaboración fundamental de la población civil.
«La prevención es nuestra baza principal y la población debe entender que un cigarrillo mal apagado o una negligencia con maquinaria puede arrasar décadas de vida natural», advierten desde los servicios de emergencias forestales de la comunidad.
Los datos históricos avalan esta preocupación diaria en los cuarteles de bomberos, ya que prácticamente el 80% de los incendios en Galicia tienen su origen en la mano del hombre, ya sea por simple descuido o por intencionalidad criminal. Es una cifra demoledora que nos obliga a reflexionar sobre nuestra propia responsabilidad ciudadana cuando cruzamos un bosque o trabajamos en las inmediaciones.
Mirar al Este y ver arder Tiana nos ayuda a tomar conciencia de lo increíblemente frágil que es el equilibrio de nuestro ecosistema. Nuestra arraigada «morriña» por un rural vivo, próspero y bien cuidado tiene que traducirse, inexcusablemente, en acciones concretas de protección del entorno natural. Solamente a través de la unión entre administraciones, sector forestal y ciudadanía lograremos que nuestros montes sigan siendo el orgulloso pulmón verde del Atlántico, y no un amasijo de cenizas en el horizonte. El verano se vislumbra largo, duro y profundamente exigente para todos.
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