# Galicia entre dos orillas: la tierra que se queda y la memoria que se va
*La semana del 21 de septiembre de 2026 deja a la vista una Galicia partida en dos temporalidades: la de un país que busca su futuro en la energía, el mar y la cultura, y la de una Galicia que se vacía en silencio, sostenida por una población envejecida y por los que vuelven solo en verano.*
## El otoño demográfico: una Galicia que se apaga desde dentro
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Ver en Hotels.com → PublicidadCuando el verano termina y las villas costeras recuperan su ritmo tranquilo, Galicia vuelve a confrontar su contradicción más profunda: durante unos meses ha sido una tierra llena, habitada por emigrantes retornados, turistas y descendientes de gallegos que regalan a las villas un pulso que después no pueden sostener. Septiembre es, en ese sentido, el mes de la verdad demográfica.
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Ver planes de hosting →El interior gallego —las comarcas de Ourense, buena parte de Lugo, las zonas altas de A Coruña y Pontevedra— vive un envejecimiento que ya no es tendencia sino estructura. No hablamos de un problema coyuntural que se corrija con buenas campañas de retorno: hablamos de municipios donde la escuela cierra por falta de niños, donde los servicios sanitarios dependen de desplazamientos larguísimos, y donde la vida cotidiana se organiza en torno a la resistencia de unos pocos. La aldea no está muriendo de golpe; se está apagando como un anafento que nadie reaviva.
Mi tesis es que Galicia lleva décadas tratando la despoblación como un problema de infraestructuras cuando es, ante todo, un problema de proyecto colectivo. Se puede asfaltar, se puede dar fibra óptica, se puede subvencionar el taxi sanitario, pero si no hay empleo cualificado, si no hay vivienda accesible para jóvenes, si no hay una narrativa que haga deseable quedarse, las carreteras solo sirven para irse más rápido. La Xunta ha ensayado políticas de retorno y de apoyo al rural, y conviene reconocerlo, pero el diagnóstico de fondo sigue siendo incómodo: Galicia pierde población joven que no encuentra razones estructurales para volver. El verano devuelve gente; el invierno se la lleva.
## El mar como horizonte económico: entre la tradición y la reconversión
La segunda gran tensión de esta semana gallega es económica, y tiene el agua por escenario. El sector primario y, muy especialmente, la pesca y la acuicultura, siguen siendo la columna vertebral de buena parte del litoral, pero su modelo está bajo presión simultánea por tres frentes: el cambio climático, que altera los calendarios de capturas y la salud de los bancos marinos; la competencia internacional; y una regulación europea que percibe a menudo como lejana y arbitraria en las lonjas de Ribeira, Burela o O Grove.
La industria naval de las Rías Baixas vive una dualidad parecida. Los astilleros gallegos han demostrado capacidad para competir en construcción naval de alto valor añadido —buques de pesca, offshore, trabajos especializados—, pero la dependencia de grandes encargos y de la décision política europea sobre fondos de reconversión genera una ansiedad permanente. El naval gallego es bueno, quizá demasiado bueno para seguir encadenado a ciclos de subvenciones; su futuro pasa por consolidar esa especialización, no por añorar el pasado protector.
Y en paralelo, el turismo sigue creciendo como bálsamo y como amenaza. El Camino de Santiago, las Rías Baixas, el turismo de identidad gallega han convertido a la comunidad en destino consolidado. Pero conviene decirlo sin eufemismos: hay municipios costeros donde el alquiler de vivienda se está volviendo inviable para quienes trabajan en servicios, y donde la economía local se vuelve mono-dependiente. Un país que solo sabe vivir de visitar está más frágil de lo que parece.
## La lengua y la cultura: la batalla silenciosa del siglo
El tercer frente, el más delicado, es el cultural y lingüístico. La lengua gallega atraviesa uno de esos momentos en los que las cifras —de las que no disponemos con rigor aquí, y no las necesitamos— son menos importantes que las sensaciones compartidas: el gallego se habla menos en las ciudades, se transmite menos en casa, y sin embargo goza de una presencia estética y simbólica notable en la música, en las redes, en la nueva creación literaria y audiovisual.
Esta paradoja merece análisis. Hay una generación de artistas jóvenes que reivindica el gallego como lengua de creación con una naturalidad que sus padres no tuvieron, y eso es una victoria cultural innegable. Pero la vitalidad artística no sustituye a la transmisión familiar y social, y ahí la comunidad aún no ha encontrado la fórmula. La escuela no puede ser el único bastión; una lengua que solo se aprende y no se vive acaba siendo patrimonio en vitrina.
Mi opinión es que el debate lingüístico gallego padece de un exceso de confrontación política y un déficit de imaginación social. Mientras el discurso se reproduce en trincheras ideológicas, en la calle hay una realidad más líquida: jóvenes que mezclan códigos, familias que eligen por comodidad, y una sociedad que en general simpatiza con el gallego sin comprometerse con él. Cerrar esa distancia entre simpatía y compromiso es probablemente la tarea cultural más urgente de la década.
## Conclusión: gobernar la lentitud
Si algo une estos tres frentes —demografía, economía del mar, lengua— es que son batallas de largo plazo que la política gallega, acostumbrada al ciclo corto y al titular inmediato, gestiona mal. Galicia necesita menos anuncios de grandes proyectos y más paciencia estructural: políticas demográficas pensadas en términos de generación, no de legislatura; una economía diversificada que no apueste todo al turismo; y una política lingüística que sepa conquistar los usos informales, no solo los institucionales.
El otoño de 2026 encuentra a Galicia viva, orgullosa y con recursos, pero también con una pregunta pendiente que no admite más aplazamiento: ¿qué ofrecemos a quienes podrían quedarse, o volver, para que la tierra llena del verano no se vacíe cada septiembre? La respuesta no está en ningún indicador. Está en la voluntad colectiva de que Galicia sea, otra vez, un lugar para toda la estación de la vida.
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