La noticia ha dejado a media España con el corazón encogido. Un piloto, Leandro Bertazzo, protagonizó un suceso tan insólito como trágico al aparentemente precipitarse al vacío desde su propia aeronave en pleno vuelo. Las imágenes y los testimonios han circulado a velocidad de vértigo por las redes sociales, despertando un debate que trasciende la noticia puntual. Ahora bien, lo cierto es que un episodio de esta magnitud inevitablemente pone sobre la mesa preguntas incómodas sobre la seguridad aérea, especialmente en el ámbito de la aviación ligera y la formación de pilotos.
De hecho, en Galicia este debate adquiere una relevancia muy especial. Nuestra comunidad no es ajena al mundo de la aviación, ni mucho menos. Tenemos una tradición robusta de aeroclubes repartidos por las cuatro provincias, desde el histórico Aero Club de Santiago en el aeropuerto de Labacolla hasta las instalaciones de Vigo, Coruña o Lugo. Estas entidades, forjadas con esfuerzo y mucha morriña por los pioneros del vuelo en la terra, han sido durante décadas la cuna donde cientos de gallegos descubrieron su vocación por las nubes.
La rigorosa formación tras el carné de piloto
Cabe recordar que convertirse en piloto no es exactamente como sacarse el carné de conducir. El proceso formativo en los aeroclubes gallegos está sometido a controles estrictos por parte de AESA, la Agencia Estatal de Seguridad Aérea. Los aspirantes deben superar un mínimo de 45 horas de vuelo real para obtener la licencia básica de piloto privado, PPL. Además, se exigen pruebas médicas periódicas con certificado de clase 2 que evalúan desde la capacidad cardiovascular hasta el estado psicológico del candidato.
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Conoce más →Lo cierto es que las escuelas gallegas presumen de un nivel técnico alto. Hay instructors con miles de horas de experiencia que han formado a pilotos que hoy vuelan en compañías internacionales. Sin embargo, la pregunta salta automáticamente después de casos como el de Bertazzo. ¿Es suficiente la evaluación psicológica actual? ¿Se controla de verdad el estado emocional de quienes se sientan a los mandos de una aeronave, por pequeña que sea?
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Ver planes de hosting →La seguridad en la aviación ligera descansa en tres pilares: la formación, el mantenimiento de las aeronaves y el factor humano. Cuando falla uno, el sistema entero se tambalea.
Las palabras de este experto en seguridad aérea resumen a la perfección la complejidad del asunto. Y es que el factor humano sigue siendo la variable más difícil de controlar. En los aeroclubes de Galicia, donde muchos pilotos vuelan por pura afición durante los fines de semana, el seguimiento personal resulta cuando menos desigual. Cada club tiene sus propios protocolos internos, y la retranca gallega, tan útil para la vida, no siempre sirve para detectar si alguien atraviesa una crisis personal seria.
Una red de aeroclubes que mira al futuro con cautela
Los datos, contextualizados, ofrecen sin embargo una visión más serena. La aviación general registra en España una tasa de accidentes de aproximadamente 3,2 incidentes por cada 100.000 horas voladas, una cifra que ha ido reduciéndose en la última década. De hecho, volar en un avión ligero es estadísticamente más seguro que muchas actividades cotidianas. Las aeronaves modernas incorporan sistemas redundantes, paracaídas balísticos en modelos como el Cirrus SR22 y protocolos de emergencia que se practican hasta la extenuación.
Pero los protocolos no lo cubren todo. Los responsables de varios aeroclubes gallegos consultados prefieren mantener un perfil bajo en estos días de máxima exposición mediática. Reconocen que cualquier suceso aéreo, por lejano que parezca, les afecta directamente. La comunidad de pilotos es pequeña, unida, y cualquier grieta en la confianza se nota en las matriculaciones de nuevos alumnos cada curso.
El futuro del sector en Galicia pasa por encontrar ese difícil equilibrio entre transmitir seguridad y mantener vivos los protocolos de prevención. Las escuelas siguen abiertas, los aviones siguen volando sobre nuestra costa y nuestras montañas. La vocación de vuelo no se apaga por un suceso, por trágico e insólito que sea. Ahora bien, lo que este caso ha puesto en evidencia es que conviene no bajar nunca la guardia.
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