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La huella del fuego pervive un año después en los montes de Ourense

La huella del fuego pervive un año después en los montes de Ourense

La provincia de Ourense afronta una recuperación lenta y desigual tras los incendios que arrasaron 150.000 hectáreas en el verano de 2025, los más devastadores registrados en Galicia. Un año después, la marca del fuego sigue visible en comarcas enteras, donde la naturaleza y las vidas de quienes dependen del monte libran una batalla silenciosa contra el tiempo y el abandono. La Voz de Galicia ha recorrido estos días los territorios quemados para comprobar sobre el terreno cómo cicatriza, o no, una herida de dimensiones históricas.

Chandrexa de Queixa, el epicentro del drama

En la aldea de Parafita, en el concello de Chandrexa de Queixa, un camión descargaba esta semana postes de madera a pleno sol del mediodía. La imagen, aparentemente rutinaria, es en realidad un síntoma de reconstrucción: se repone el cercado de las fincas que el fuego devoró junto con los pastos y el arbolado. Pero la escena también delata lo que queda por hacer. Las laderas de la sierra de Parafita muestran todavía extensas manchas oscuras, donde el verde tarda en regresar y la tierra permanece desnuda.

Nadie en la comarca olvida aquel mes de agosto. Las llamas avanzaron con una virulencia inédita, alimentadas por décadas de abandono forestal, sequía acumulada y vientos que convirtieron cualquier intento de control en una quimera. El resultado: 150.000 hectáreas calcinadas en el conjunto de la provincia, una superficie que equivale a más de 21.000 campos de fútbol. La cifra habla por sí sola.

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Perder 265 cabras, perderlo casi todo

La ganadería extensiva fue uno de los sectores más golpeados. En Chandrexa, una pareja del lugar —Verónica y Carlos— lo perdió casi todo: 265 cabras que pastaban en la sierra murieron en el incendio. El rebaño era su medio de vida, su patrimonio y, en buena medida, la razón de ser de su explotación. «Está costando volver a empezar», reconocen, con la dureza de quien ha visto reducirse a cenizas el trabajo de años.

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Conviene recordar que estas explotaciones no solo sostienen economías familiares. Son también la herramienta más eficaz contra el avance del matorral y la acumulación de biomasa que alimenta los grandes incendios. Sin cabras ni ovejas pastando, el monte se convierte en un polvorín. La ironía es cruel: quienes más contribuyen a prevenir el fuego fueron los que más sufrieron sus consecuencias.

Una recuperación que no llega a todas partes por igual

La lenta recuperación de la provincia no es homogénea. Hay zonas donde el rebrote del arbolado autóctono ofrece señales de esperanza, con brotes verdes asomando entre la ceniza. En otras, sin embargo, la erosión ha hecho mella y la tierra fértil se pierde con cada lluvia. Los expertos llevan meses advirtiendo de que la regeneración natural de un monte atlántico puede requerir décadas, y que sin intervención humana activa —reforestación, gestión del matorral, recuperación de suelos— muchas áreas quedarán condenadas a un paisaje degradado.

A nadie se le escapa que el problema de fondo trasciende el incendio en sí. La Galicia rural vaciada, con una población envejecida y explotaciones cada vez más escasas, carece de los brazos necesarios para gestionar un territorio que ocupa el 60% de la superficie autonómica. Ahí está la clave: el monte no arde porque haya sequía o calor, arde porque está abandonado.

El verano no mengua la amenaza

Mientras los vecinos de Parafita reciben los postes para recomponer sus cercados, el calendario sigue su curso. Es 6 de agosto y el verano no mengua. Las temperaturas se mantienen altas y la humedad escasa. La provincia de Ourense, que suele registrar los termómetros más extremos de Galicia, vuelve a estar en el punto de mira cada jornada de riesgo alto o extremo de incendios.

La pregunta que flota en el ambiente es incómoda pero necesaria:

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Miguel Ángel Vázquez

Redactor especializado en economía y empresas. Cubre la actualidad económica de Galicia y España para Galicia Universal.

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