**La ganadera, que lo perdió todo en el incendio que arrasó el municipio en 2025, ha reconstruido su rebaño con la ayuda de vecinos y desconocidos. Hoy vuelve a escuchar las chocas de sus cabras entre los montes.**
Chandrexa de Queixa sabe lo que es perderlo todo en unas horas. También sabe lo que es levantarse. Verónica Villamor Oliva lo resume con una naturalidad que impresiona: el fuego se llevó su rebaño, uno de sus perros guardianes y años de trabajo, pero no pudo con las ganas de volver a empezar. Y aquí está, un año después, caminando entre animales que corretean a su alrededor, con la cuadra llena de nuevo y el monte devolviéndole el sonido que nunca debió perder.
La historia de esta ganadera no es solo la crónica de una reconstrucción. Es, sobre todo, un retrato de cómo una comunidad entera se volcó con alguien que había tocado fondo. Porque hubo un momento, admite ella misma, en el que pensó en tirar la toalla. Demasiado dolor. Demasiado trabajo reducido a cenizas. Y, sin embargo, aquí sigue.
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El nuevo rebaño de Verónica comenzó de la manera más inesperada. Cuando las llamas arrasaban su explotación, había un grupo de cabras que acababan de parir en la cuadra. Recién nacidas, con sus crías al lado, sobrevivieron al incendio. Fueron ellas, precisamente, las que permitieron que la historia no terminase aquel día.
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Ver planes de hosting →Aquel pequeño núcleo de animales se convirtió en el germen de lo que hoy vuelve a ser un rebaño en marcha. Pero Verónica no se quedó ahí. Con las primeras ayudas recibidas, se animó a comprar más cabras. El segundo ingreso acaba de llegarle, lo que le ha permitido seguir ampliando el número de animales que pastan por los montes de la zona.
No es menor el dato: el fuego de Chandrexa de Queixa no solo destruyó pastos y animales. También puso a prueba la resistencia de una familia que decidió quedarse en el rural gallego, en un municipio de la comarca de Terra de Trives donde la ganadería extensiva sigue siendo el pulso económico de muchas casas.
La generosidad que llegó de fuera
A nadie se le escapa que, en los momentos más duros, los gestos pequeños pesan más que las grandes promesas. Y Verónica guarda uno especialmente en la memoria: un vecino de León les regaló veinte cabras. No las vendió. No las cambió. Se las regaló, sin más. Ella y los suyos viajaron hasta allí para recogerlas, y ese viaje se convirtió en un punto de inflexión.
“Yo sí hubiera tirado la toalla, pero la gente nos apoyó dando ánimos e incluso económicamente”, reconoce. La frase retrata a la perfección lo que ocurrió en los meses posteriores al incendio: una ola de solidaridad que no solo vino de los pueblos cercanos, sino también de personas que ni siquiera conocían a Verónica y que, aun así, quisieron poner su granito de arena.
Conviene recordar que los incendios de aquel verano en la provincia de Ourense dejaron una estela de destrucción difícil de olvidar. Chandrexa de Queixa fue uno de los municipios más castigados, con miles de hectáreas quemadas y varias explotaciones ganaderas afectadas. Para muchas familias, aquel fuego no fue solo una noticia más en los telediarios: fue la pérdida de su medio de vida.
Volver a mirar el monte con ilusión
Lo cierto es que Verónica ha vuelto a mirar al monte con ilusión. Un año después, sus animales pastan de nuevo por donde antes lo hacía su rebaño, y los perros corretean felices a su alrededor. La escena, que podría parecer banal, tiene un significado profundo: la vida sigue, y a veces, también mejora.
La reconstrucción no ha sido fácil. Ha requerido paciencia, inversión y mucha constancia. Pero la ganadera ha demostrado que, con apoyo, es posible volver a empezar. Ahí está la clave: nadie levanta una explotación en solitario. Detrás de cada animal que vuelve a pastar hay una red de solidaridad que lo hizo posible.
El municipio de Chandrexa de Queixa, enclavado en plena Serra de Queixa, sigue siendo un territorio de difí
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