Una geología inquieta que no da tregua
El noroeste peninsular lleva siglos conviviendo con un subsuelo revoltoso. Las montañas que dibujan el paisaje de las comarcas de Sarria, Becerreá y el propio Triacastela no son más que el resultado visible de fuerzas tectónicas que siguen trabajando en las profundidades. Lo demuestran los instrumentos del Instituto Geográfico Nacional (IGN), cuya red de sismógrafos captó durante el fin de semana tres movimientos de baja intensidad en la zona. Una actividad discreta, pero que vuelve a poner el foco sobre uno de los rincones geológicamente más vivos de Galicia.
El último de estos temblores se produjo pasadas las tres de la tarde del sábado en el subsuelo triacastelense. Pocos minutos antes, a las 14:54 horas, los sensores habían registrado otro sacudón de magnitud 1,9 en la misma falla, a muy escasa distancia del primero. La jornada del viernes también dejó su episodio: un seísmo matutino, sobre las siete y cinco de la madrugada, en el municipio vecino de Quiroga. Todos ellos comparten una característica: su escasa potencia, lejos del umbral del dolor humano y totalmente imperceptibles para la población.
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Ver en Hotels.com → PublicidadEl triángulo sísmico de Lugo: más allá de la anécdota
Quien repase el catálogo histórico del IGN comprobará que estos microsismos no son sucesos aislados, sino la norma en una franja territorial que comprende desde Sarria hasta Triacastela, pasando por Becerreá. A este corredor se le conoce como el triángulo sísmico lucense por la frecuencia con la que la tierra tiembla en sus dominios. De hecho, allí se han localizado algunos de los terremotos de mayor envergadura registrados en la provincia, un dato que contrasta con la imagen apacible que ofrecen sus valles y sierras.
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Hosting WordPress →La explicación hay que buscarla en la compleja red de fracturas que surca el zócalo herciniano, el antiguo macizo rocoso que conforma la base de la Península Ibérica. Galicia no se sitúa sobre el borde de placas tectónicas, el escenario habitual de los grandes cataclismos, pero su interior está surcado por fallas antiguas que periódicamente liberan tensiones acumuladas. Estos ajustes geológicos generan enjambres sísmicos: secuencias de temblores de baja magnitud que pueden prolongarse durante días, semanas o incluso meses sin llegar a causar daños materiales.
La tecnología que desentraña el subsuelo
Que la ciudadanía no perciba estos movimientos no significa que pasen inadvertidos. La moderna red de vigilancia sísmica del IGN es capaz de detectar eventos de magnitudes inferiores a 2,0, algo impensable hace apenas unas décadas. Esta sensibilidad tecnológica permite a los geólogos trazar mapas de precisión sobre las fallas activas, entender su comportamiento y evaluar el riesgo real que suponen para las poblaciones asentadas en su entorno. Cada pequeño temblor, por tanto, aporta un dato valiosísimo para la ciencia.
Los registros del fin de semana se enmarcan en este contexto de monitorización constante. El sistema funciona de manera automática: cuando los sismómetros captan una vibración, la información viaja hasta los centros de procesamiento de datos, donde se determina la magnitud, la profundidad y el epicentro exacto. En cuestión de minutos, el dato queda publicado en los boletines oficiales, disponibles para consulta pública. Una transparencia que contrasta con el silencio físico con el que estos fenómenos transcurren en la superficie.
Microsismos frente a la percepción popular
Resulta habitual que la publicación de estos boletines genere cierta inquietud entre quienes habitan las zonas afectadas. Sin embargo, los expertos insisten en que la inmensa mayoría de los terremotos catalogados en la comunidad gallega no supera el umbral de perceptibilidad, fijado generalmente en torno al grado III de la escala de Mercalli. Esto significa que los movimientos transcurren sin que los vecinos sientan el menor temblor, sin que los objet
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