En la montaña de Quiroga hay aldeas que resisten como pueden a la España vaciada, pero pocas lo hacen en condiciones tan límites como Paradapiñol. Los arrastres de tierra procedentes de los incendios han complicado la vida en toda esta comarca de Lemos, según ha documentado esta semana La Voz de Galicia, aunque en ninguna aldea se nota tanto como en esta, donde el deterioro de la carretera que la conecta con los núcleos vecinos ha llegado a un punto en que hasta el reparto diario del pan se ha visto afectado.
No es una metáfora. El titular lo dice sin adornos: a Paradapiñol no llega ni el pan. Cuando una vía de acceso se degrada hasta el punto de impedir que un furgón de reparto complete su ruta habitual, el problema deja de ser una incomodidad y se convierte en una cuestión de abastecimiento básico. Hablamos de vecinos que, para comprar una barra de pan, dependen de que una carretera de montaña aguante.
Una carretera apoyada sobre el vacío
Lo más inquietante del caso no es solo el mal estado del firme. La vía que comunica todas estas aldeas atraviesa tramos en los que los derrumbes han hecho desaparecer parte de su base, de modo que el asfalto queda sostenido, literalmente, sobre un barranco. Una vecina de la zona se asomó al vacío para retratar la situación, y la imagen resume mejor que cualquier informe técnico la fragilidad de la infraestructura. Que un vehículo pase por ahí cada día tiene algo de apuesta.
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Ver en Hotels.com → PublicidadConviene recordar el origen del problema. Los incendios forestales dejaron laderas desnudas en la montaña de Quiroga, y con cada lluvia importante la tierra quemada se desliza hacia las vías. Son los llamados arrastres, un fenómeno que este año ha lastrado la movilidad en buena parte de la zona alta del municipio. Donde antes había vegetación que sujetaba el suelo, ahora hay canalizaciones naturales por las que el agua se lleva el terreno cuesta abajo.
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A nadie se le escapa que una carretera en estas condiciones no afecta solo a quien vive en Paradapiñol. La vía es el eje que comunica varios núcleos entre sí y con el resto del municipio, de modo que su deterioro encarece y alarga todos los desplazamientos: al médico, al comercio, a las fincas. En una zona de población envejecida, donde muchos vecinos no conducen o conducen con cautela, cada tramo peligroso equivale a un servicio menos.
El aislamiento también tiene una dimensión económica. La montaña de Quiroga vive de la agricultura y la ganadería de montaña, actividades que exigen mover producto y maquinaria por estas carreteras. Si el acceso empeora, la rentabilidad empeora con él, y la tentación de abandonar la casa o la explotación crece. La cifra de abandono en estas aldeas no hace falta buscarla: el propio hecho de que una aldea entera se quede sin reparto de pan la cuenta por sí sola.
Un problema conocido, una solución pendiente
El caso de Paradapiñol no es una sorpresa repentina. La degradación de estas vías lleva tiempo a la vista de vecinos y administraciones, y cada episodio de lluvia intensa añade daño sobre daño. Lo cierto es que reparar una carretera de montaña cuya base se ha hundido no se resuelve con una raspatilla superficial de asfalto: exige actuar sobre los taludes, restaurar la vegetación quemada y reconstruir cunetas y contenciones. Es decir, dinero, planificación y, sobre todo, prioridad política.
La montaña luguesa acumula décadas de atención tardía: cuando llega la ayuda, el problema ya se ha convertido en emergencia. Paradapiñol es un ejemplo perfecto de cómo se gesta el vaciamiento rural: no de golpe, sino por acumulación de pequeñas renuncias. Primero cierra la escuela; luego, el comercio; después, la carretera se degrada y con ella el último vínculo c
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