Cuando en septiembre se cumplen los rituales de siempre —mochilas nuevas, libros forrados, fotos a la puerta de casa— hay un detalle que ya no es tan habitual: los pupitres vacíos. En buena parte de la provincia de Ourense, la fotografía del primer día de clase muestra algo cada vez más común en la Galicia rural: grupos diminutos, aulas donde la ratio que marca la normativa es una meta lejana y centros que sobreviven con matrículas de una sola cifra.
La demografía entra en el aula antes que los alumnos
El descenso de la natalidad no es un fenómeno repentino: lleva años manifestándose primero en los paritorios, después en las guarderías y finalmente en los colegios. Ourense, una de las provincias más envejecidas de Europa, es el espejo donde antes se refleja esta tendencia. Lo que ocurre hoy en Educación Infantil de un municipio del interior es un adelanto de lo que sucederá mañana en niveles superiores y, con el tiempo, en las ciudades.
De hecho, incluso en el medio urbano la situación no pasa desapercibida. Las ratios oficiales de veinte alumnos por aula en Infantil se aplican con normalidad, pero quienes trabajan en el sistema saben que en unos años cubrir esas plazas se convertirá en todo un desafío. La pregunta que flota sobre cada inicio de curso no es solo cuántos niños entran este año, sino cuántos entrarán dentro de una década.
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Conoce más →Un curso que empieza, pese a todo
Más allá del dato demográfico, hay otra lectura posible: la escuela pequeña sigue viva. Centros como el CEIP Plurilingüe de Vilar de Barrio o el de Os Blancos abrieron sus puertas con grupos que no llegan a la treintena en total, y con aulas que acogen a cuatro alumnos. Sin embargo, los pasillos se llenaron de vida en la primera jornada, entre risas, presentaciones y los reajustes propios de cualquier inicio de curso.
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Hosting WordPress →La convivencia en grupos tan reducidos tiene sus particularidades: la relación entre docente y alumno se vuelve más cercana, el aprendizaje casi individualizado y las edades tienden a mezclarse. Pero también plantea interrogantes sobre la socialización, sobre la equidad de oportunidades frente a los grandes centros urbanos y sobre el coste por alumno que la administración está dispuesta a asumir para no cerrar la única escuela de un municipio.
¿Cuántos cursos más resistirán las escuelas del rural?
Mantener abierto un colegio con cuatro niños por aula es una decisión de política pública tanto como educativa: es lo que permite que familias jóvenes puedan quedarse (o volver) al pueblo. Cada cierre no solo vacía un edificio; acelera el vaciamiento del territorio entero, porque sin escuela hay poco motivo para instalarse o permanecer.
Por eso, la imagen de esos cuatro pupitres ocupados en Os Blancos debería leerse en clave doble. Es, a la vez, una buena noticia —la rutina escolar continúa, los niños sueñan, como cualquier niño, con ser superhéroes— y una advertencia sobre el calendario demográfico que corre en contra del rural gallego. La vuelta al cole, en Ourense, ya no es solo una noticia de septiembre: es un termómetro del futuro de toda una provincia.
Con información de medios gallegos
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