Hay citas gastronómicas que sobreviven al paso del tiempo gracias a una sola cosa: la gente que las cocina. La Festa dos Callos de A Seca, en el municipio pontevedrés de Poio, acaba de demostrarlo una vez más al llegar a su decimosexta convocatoria, un hito que pocas iniciativas vecinales de la comarca pueden exhibir.
Detrás de esta longevidad no hay grandes empresas de catering ni estructuras profesionales, sino el trabajo de la Asociación de Veciños Boureante, que cada año pone manos a la obra una elaboración casera transmitida en el seno de la propia entidad. Esa fórmula, aparentemente sencilla, ha convertido a la cita en un referente dentro del denso calendario gastronómico que Poio ofrece durante todo el año.
La resistencia del plato popular
El caldo de callo es uno de esos alimentos que genera devoción y división a partes iguales: hay quien no concibe una romería sin él y quien ni lo prueba. Sin embargo, la persistencia de fiestas dedicadas a esta preparación demuestra que la cocina de aprovechamiento tradicional conserva un arraigo social difícil de igualar por propuestas más modernas. Los callos, nacidos como plato humilde de matanza, se han ganado un lugar central en las celebraciones colectivas gallegas.
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Ver en Hotels.com → PublicidadEn A Seca, esa tradición se traduce en cifras nada desdeñosas. La organización calculó en torno a 200 kilos de producto principal, acompañados de casi un centenar de unidades de garbanzos, materias primas que se transformaron en miles de raciones servidas desde grandes ollas instaladas en la propia carpa.
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Si algo caracteriza a las fiestas gastronómicas gallegas es su capacidad para sortear cualquier condición climatológica. Ni las temperaturas elevadas del mediodía del domingo desanimaron al público: cientos de personas se acercaron a la carpa, que abrió a las doce, y alcanzó su máxima afluencia apenas una hora después. Muchos repitieron ración sin pensárselo dos veces, prueba de que el calor y los platos de cuchara no son, para el público gallego, antagonistas irreconciliables.
El precio de las raciones subió un euro respecto a la edición anterior, hasta los 13 euros, un ajuste que no frenó el consumo: las existencias se agotaron antes del cierre. A la oferta culinaria se sumó música en directo de corte tradicional, completando una jornada que combinó, una vez más, mesa y cultura popular.
Mucho más que una comida
Más allá del dato económico, este tipo de celebraciones cumple una función social que apenas se contabiliza en cifras. Son las asociaciones vecinales quienes, con voluntariado y recetas de casa, mantienen vivo el tejido comunitario de las parroquias, atrayendo a visitantes y dinamizando un municipio que en los últimos tiempos ha registrado buenos resultados en materia turística.
Que una fiesta modesta alcance su decimosexta edición con las carpas llenas dice mucho sobre el apetito —literal y figurado— de la comarca por sus tradiciones. Mientras siga habiendo vecinos dispuestos a encender los fogones, parece improbable que las fiestas del callo pierdan su trono en A Seca.
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