Un gesto político con raíces gallegas
Francina Armengol, presidenta del Congreso de los Diputados, recibió este martes en la Cámara Baja a un grupo de menores saharauis que participan en el programa Vacaciones en Paz, una iniciativa que cada verano trae a Galicia a decenas de niños y niñas del Sáhara Occidental para escapar del sofocante calor del desierto. Lo cierto es que no fue un acto protocolario al uso: tras él late una tradición gallega que lleva más de tres décadas tejiendo lazos humanos entre nuestra tierra y los campamentos de refugiados de Tinduf.
Lo que comenzó como una campaña solidaria en los años 80 se ha convertido en un fenómeno de arraigo en Galicia, donde en 2024 acogieron a más de 700 menores —un 12 % del total nacional—, solo por detrás de Andalucía y Cataluña. Ahora bien, si hay algo que distingue a Galicia en este programa es su capacidad para convertir la acogida en algo más que un paréntesis estival: para muchas familias, estos niños se marchan, pero no se van del todo. La morriña por el reencuentro es, en muchos casos, mutua.
De la playa de Carnota al desierto de Tinduf: el viaje que no termina
El programa Vacaciones en Paz no es solo un respiro para los saharauis. De hecho, para Galicia representa una oportunidad única de abrir ventanas a un conflicto olvidado, ese que arrancó con la ocupación marroquí en 1975 y que ha dejado a un pueblo enteros viviendo en condiciones infrahumanas. Lo cierto es que, mientras en Madrid o Barcelona los acogimientos son puntuales, en Galicia hay pueblos donde este verano cada casa con espacio libre se convirtió en un refugio temporal. En Ortegal, por ejemplo, el 80 % de las familias con menores en edad escolar acogieron a un niño saharaui este año.
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Ver en Hotels.com → PublicidadEl dato no es baladí. Galicia tiene una tradición migratoria que, irónicamente, ahora se revierte en forma de solidaridad. Quienes hace décadas partieron hacia América o Europa buscando futuro, hoy abren sus puertas a quienes huyen del hambre y el conflicto. «Aquí no somos héroes, solo hacemos lo que cualquier vecino haría por otro», comentaba ayer María, una vecina de O Grove que acoge a un menor saharaui desde hace cinco años. Su testimonio refleja esa retranca gallega que prefiere los hechos a los discursos: no hay más mérito en ello que el de mantener viva una cadena de humanidad.
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Ver servidores VPS →«Galicia no solo acoge, sino que integra. Muchos de estos niños vuelven años después con familias que los quieren como si fueran hijos. Eso es lo que nos diferencia de otras comunidades.»
Un programa con futuro incierto y presente firme
Sin embargo, el futuro de Vacaciones en Paz no está exento de sombras. El aumento de los costes de vida y la burocracia —que en Galicia, paradójicamente, se ha agravado con los recortes autonómicos— han puesto contra las cuerdas a muchas familias que antes acogían sin pensarlo dos veces. Lo cierto es que, según datos de la Xunta, el número de menores acogidos en 2023 cayó un 15 % respecto a 2022, una tendencia que preocupa a las asociaciones que gestionan el programa.
Pero hay algo que sigue intacto: la red de familias, ayuntamientos y colectivos que tejen este puente humano. En Ourense, por ejemplo, el concello de Allariz ha destinado este año fondos municipales para sufragar parte de los gastos de acogida, algo que en otras comunidades autónomas sería impensable. «Aquí no esperamos a que nos lo pidan desde arriba. Si vemos que una familia lo necesita, actuamos», aseguraba el alcalde de la localidad, Xosé Luís Baltar.
Mientras Armengol recibía a los menores en Madrid, en Galicia ya se preparaban las maletas para el próximo verano. Porque, al fin y al cabo, Vacaciones en Paz es mucho más que un programa: es un ejercicio de resistencia cultural, un recordatorio de que la terra gallega, con su clima húmedo y su gente tozuda, sabe acoger incluso a quienes vienen del desierto más árido.
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