Cada último domingo de octubre, millones de relojes atrasan una hora en toda España. Es un gesto mecánico, casi automático. Pero en Galicia ese simple giro de manecilla tiene consecuencias que en Madrid o Barcelona pasan más desapercibidas: aquí, la luz de la tarde se apaga antes que en cualquier otro rincón peninsular.
La geografía manda, y mucho
Lo cierto es que Galicia ocupa una posición extrema dentro de la franja horaria europea. Situada en el meridiano de Greenwich, la comunidad debería llevar, en teoría, la misma hora que Londres o Lisboa. De hecho, cuando en A Coruña anochece a las seis de la tarde en invierno, en Bruselas o Berlín todavía queda casi una hora más de luz que aquí. Un país tan pequeño como Portugal, justo al sur del Miño, vive esta situación con una hora menos de reloj en invierno respecto a nosotros.
Esta peculiaridad tiene raíces históricas. El general Franco adelantó el horario español una hora en 1940, como gesto de alineación con la Alemania nazi, y aquella decisión nunca se deshizo. Cabe recordar que desde entonces los gallegos vivimos con un desfase que muchos expertos en cronobiología consideran artificial: nuestra hora solar real está más cerca del meridiano cero que del meridiano central europeo.
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El resultado es una combinación poco ortodoxa. En invierno, la luz desaparece de los cielos gallegos alrededor de las seis de la tarde, pero la vida social y laboral sigue funcionando hasta bien entrada la noche. Cenas a las nueve, niños volviendo de extraescolares bajo los faroles, turnos de fábrica en las comarcas industriales cerrando en plena oscuridad. Un contraste que en octubre y noviembre se hace especialmente patente, cuando el mal tiempo acompaña y los días parecen encogerse todavía más.
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Ver planes de email →El debate europeo sobre la supresión del cambio de hora lleva años sobre la mesa. En 2018, la Comisión Europea propuso eliminar los cambios semestrales tras una consulta pública en la que más del 80 % de los 4,6 millones de participantes pidió acabarlo. La cuestión quedó aparcada, y los relojes siguen girando dos veces al año. Ahora bien, cada otoño la conversación regresa, y en Galicia siempre con un matiz propio.
«Aquí no discutimos de preferencias horarias de forma abstracta: discutimos de cuánta vida nos queda después del trabajo, y eso depende de cuándo cae el sol», explica una investigadora de cronobiología con experiencia en estudios sobre horarios de verano.
Sueño, salud y retranca horaria
Los especialistas llevan tiempo advirtiendo de que el horario actual perjudica al descanso. La Federation of European Societies for Chronobiology recomendó mantener la hora de invierno, es decir, retornar a la hora solar, porque se ajusta mejor a nuestros ritmos biológicos. Para Galicia, eso significaría una diferencia notable: amaneceres hacia las ocho y changeo de planes para las tardes de noviembre, con luz hasta pasada una hora más de la que tenemos ahora.
Hay quien ve la cara amable del asunto. Los veranos largos y luminosos hasta las diez de la noche en la Costa da Morte son un privilegio que otras comunidades envidian, y el turismo lo sabe aprovechar. Los cines, los bares y las terrazas de las plazas gallegas viven de esas tardes de luz tardía. Pero en invierno la balanza se inclina claramente hacia el lado incómodo, y la sensación de encierro se multiplica cuando a las cinco y media ya se necesita encender la luz.
De hecho, algunas voces en la comunidad científica y en la política gallega han planteado en distintas ocasiones la necesidad de reivindicar una solución específica para el noroeste peninsular, ya sea mediante un huso propio o mediante una coordinación europea que contemple las diferencias geográficas reales. De momento, son declaraciones que se disipan con la misma rapidez con la que llega la primavera.
Mientras tanto, este domingo tocará atrasar los relojes otra vez. Ganaremos una hora de sueño, sí. También empezaremos a comer con los candiles encendidos y a cerrar las persianas antes de salir del trabajo. En la terra, como quien dice, ya estamos acostumbrados. Aunque la retranca gallega nunca ha estado de más para recordar que la hora que vivimos no es exactamente la hora que nos corresponde.
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