El Concello de Ourense acumula 28,4 millones de euros de deuda pendiente y paga con una demora media de casi 120 días, el cuádruple de lo que marca la ley. Empresas, proveedores y hasta un convento de clarisas aguardan meses para cobrar.
Hay deudas que se miden en millones y deudas que se miden en paquetes de galletas. En Ourense, por desgracia, las dos cosas caben en la misma contabilidad. Las religiosas clarisas del convento de Vilar de Astrés llevan siete meses esperando a que el Concello pague unas galletas que les suministró. Siete meses. No es una excepción: es la regla.
El «derbi» de la morosidad
Con el cierre de julio, Ourense consolidó su adelantamiento sobre Jaén como capital más morosa de España. No es un título que nadie quiera. La brecha con la ciudad andaluza se ensanchó de forma drástica: mientras la administración jiennense sigue saneando sus cuentas y reduce su periodo medio de pago, la ourensana va en dirección contraria.
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Conoce más →La cifra que resume todo es demoledora: 119,92 días de demora media en el pago de facturas. La ley fija un máximo de 30 días. El Concello cuadruplica, pues, el plazo legal, y lo hace de forma sostenida. A eso se suman 28,4 millones de euros de deuda pendiente, sin contar el acumulado millonario que arrastra la cuenta 413, la que recoge las facturas recibidas pero aún sin tramitar. Ahí está la clave del problema: antes incluso de discutir cuándo se paga, hay facturas que ni siquiera entran en el circuito administrativo.
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Quien crea que la morosidad municipal solo afecta a grandes constructoras se equivoca. El listado de pagos retrasados incluye obras, suministro de gas y, también, productos tan humildes como panettones o las citadas galletas de las clarisas. Proveedores pequeños, muchos de ellos negocios locales que dependen del ayuntamiento para cuadrar sus cuentas, son quienes más sufren cada día de retraso.
Conviene recordar que el retraso en los pagos públicos no es un asunto contable menor. Para una pyme, esperar 120 días puede significar pedir créditos, renunciar a contratos con la administración o, directamente, cerrar. Para un convento que se financia con su trabajo, la espera de medio año por unas galletas vendidas es sencillamente injusta. La cifra habla por sí sola.
Un problema que se agrava
Lo preocupante no es solo el nivel, sino la tendencia. Mientras Jaén mejora, Ourense empeora: la deuda pendiente creció hasta los 28,4 millones en el arranque del verano y el periodo medio de pago sigue al alza. Es decir, la capital ourensana no solo lidera el ranking, sino que se aleja de sus perseguidoras. Demasiado tiempo llevamos hablando de esto.
El Gobierno local, encabezado por el alcalde Gonzalo Pérez Jácome, sostiene que se está pagando y que la situación responde a las dificultades heredadas; no consta en la información disponible una valoración concreta del equipo de gobierno sobre estos datos de julio, por lo que conviene prudencia a la hora de atribuir explicaciones o promesas concretas.
Lo que está en juego
A nadie se le escapa el efecto disuasorio que todo esto tiene sobre el tejido empresarial. Cuando un ayuntamiento se convierte en cliente moroso crónico, las empresas dudan antes de licitar, exigen condiciones más duras o descartan trabajar para la administración. El resultado final lo pagamos todos: menos competencia, precios más altos y menos servicios.
Queda la pregunta de fondo, y no es baladí: ¿cuántos proveedores más tendrán que esperar meses —o años— antes de que Ourense deje de ser la capital más morosa de España? Mientras la respuesta llega, las clarisas de Vilar de Astrés siguen esperando. Y las galletas, como las facturas, no aguantan eternamente.
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