Pocas veces el pasado y el presente se dan la mano con tanta elegancia como en la aldea de Tuiriz. Allí, en pleno corazón geográfico de la comarca de la Ribeira Sacra, la comunidad de montes vecinal y la asociación local han recuperado este domingo una de las tareas agropecuarias más entrañables y duras de la historia rural gallega. Con una máquina de más de ciento diez años de antigüedad como gran protagonista, los vecinos han logrado recrear paso a paso el proceso de la malla del centeno. Un evento que ya va por su séptima edición y que ha conseguido consolidarse como una de las citas etnográficas de referencia del estío en el concello lucense.
Del campo a la era: el trabajo de la tierra
Nada ocurre por casualidad en estas celebraciones etnográficas que huyen de la mera representación folclórica y buscan la autenticidad absoluta. Conviene recordar que todo el proceso comenzó mucho antes de que sonara el primer motor. La propia comunidad de montes de Tuiriz asumió el trabajo de cultivar y cosechar la materia prima necesaria para la demostración. Para ello, plantaron una hectárea completa de centeno en los terrenos comunales.
Hace apenas una semana, los vecinos procedieron a la siega manual y mecánica de ese cereal. No es menor el detalle de que, una vez cortado, el grano no fue trasladado inmediatamente a la era, sino que se dejó protegido y almacenado en medas. Esas tradicionales estructuras cónicas, tan características del paisaje agrario de las tierras de interior, son fundamentales para resguardar la cosecha de la humedad y de las aves. Ahí está la clave de la agricultura tradicional gallega: el cuidado y la planificación meticulosa de los recursos antes de dar por terminada cualquier faena. Demasiado tiempo olvidadas estas prácticas.
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Lo cierto es que el gran atractivo de esta séptima edición ha sido el rescate de auténticas piezas de museo, sacadas de la necesidad y puestas a funcionar de nuevo para disfrute y conocimiento de las nuevas generaciones. El personaje principal de la jornada ha sido un vecino de San Mamede de Ribas de Miño. Esta persona atesora en su propiedad un verdadero patrimonio etnográfico, compuesto por distintas piezas de maquinaria agrícola que pertenecieron a su padre y a su abuelo.
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Buscar dominio →Tras años de desuso, este vecino se encargó de restaurar los aparatos y de cuidarlos con verdadero mimo, evitando que el óxido y el olvido se cobraran una victoria más sobre la memoria de las aldeas. La pieza estrella trasladada hasta la aldea pontonesa de Tuiriz es una máquina malladora que supera los ciento diez años de vida. A nadie se le escapa el mérito técnico que supone mantener operativa una máquina de esta tipología, concebida en una época donde la mecánica era pura industria pesada y la electrónica brillaba por su ausencia.
Pero la tecnología de hierro fundido no funciona sola. Junto a esta máquina centenaria, el vecino de San Mamede trajo también un motor independiente de gran tamaño. Todo un testamento de la ingeniería de principios del siglo XX que, según sus propios cálculos, rondará también el siglo de antigüedad. Ver estos motores en funcionamiento es contemplar el latido de una Galicia rural profundamente transformada en las últimas décadas. La cifra habla por sí sola: más de cien años de historia resistiendo el paso del tiempo y la rudimentaria complejidad de las eras de la montaña lucense. No parece casualidad que precisamente en la Ribeira Sacra, una zona de constante y acusada despoblación, se libren este tipo de batallas históricas en favor de la memoria.
El contraste generacional de la maquinaria en la Ribeira Sacra
El trabajo agrícola siempre fue una tarea eminentemente colectiva, y en el sur de la provincia de Lugo esa cultura del esfuerzo compartido permanece viva. Quien pensara que el evento dependía exclusivamente de una sola máquina de coleccionista se equivoca
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