La política española vuelve a oler a naftalina de moción de censura. En los mentideros de Madrid, el runrún crece: el Partido Popular, con Alberto Núñez Feijóo a la cabeza, estaría sopesando la opción de presentar una moción de censura contra Pedro Sánchez. Pero ojo, que aquí no vale todo. Y quien mejor lo sabe es el propio Feijóo, que lleva años predicando en Galicia que la gobernabilidad no se improvisa.
El órdago de la gobernabilidad
Lo cierto es que la situación es de una complejidad notable. Sánchez, debilitado por la fragmentación parlamentaria y las cesiones a sus socios independentistas, nunca ha estado tan expuesto. El PP, por su parte, sabe que una moción de censura es un arma de doble filo. Si fracasa —y las cuentas no salen sin Vox o sin un transfuguismo masivo—, el desgaste sería monumental. De ahí que Feijóo haya puesto una condición sobre la mesa que a muchos en su partido les chirría: solo apoyará la moción si tiene los apoyos suficientes para garantizar una mayoría estable de gobierno. Nada de aventuras.
Desde la distancia de la Praza do Obradoiro, la estrategia gallega siempre ha sido la de la prudencia. Feijóo no es Rajoy. El líder del PP gallego, curtido en mayorías absolutas en San Caetano, sabe que la política de trincheras no funciona. Lo ha repetido hasta la saciedad: «Gobernar no es ganar elecciones, es gestionar». Y en Galicia, esa máxima se ha traducido en pactos con el BNG, con el PSOE o en solitario, según tocara. Ahora, en la Moncloa, esa misma retranca le obliga a medir cada paso.
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Pero, ¿qué implica esto para Galicia? Para empezar, un movimiento en falso de Feijóo a nivel nacional tendría consecuencias directas en su feudo. El PSdeG y el BNG ya han empezado a afilar los cuchillos. «Feijóo está dispuesto a quemar el país por su ambición», repiten en las filas socialistas gallegas. No es una crítica baladí: en una comunidad donde el PP gobierna con 38 de los 75 escaños del Parlamento, cualquier inestabilidad en Madrid se replica como un terremoto en las bases locales.
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Ver servidores VPS →«En Galicia sabemos que una moción de censura no es un juego de niños. Si Feijóo la presenta sin garantías, estará poniendo en riesgo la credibilidad de todo el partido en esta tierra, donde la palabra dada pesa más que cualquier sigla», asegura un veterano cargo del PP gallego que prefiere mantener el anonimato.
El cálculo es sencillo pero brutal: si la moción sale adelante y Feijóo se convierte en presidente del Gobierno, Galicia gana un peso político inédito en décadas. Pero si fracasa, la imagen de un líder que se la juega y pierde quedaría grabada a fuego. El PP gallego no está acostumbrado a perder. Lleva gobernando la Xunta desde 2009, y la maquinaria electoral de Manuel Fraga aún resuena en los comités provinciales. Una derrota nacional podría resquebrajar esa hegemonía.
La retranca de la estrategia
Ahora bien, Feijóo juega con un as bajo la manga: la memoria de los gallegos. Aquí se recuerda bien la moción de censura de 2018 que aupó a Sánchez. Aquel movimiento, que muchos consideraron un golpe de mano, provocó una fractura que aún no se ha cerrado. El PP gallego lo vivió como una traición, y ahora, paradójicamente, podría replicar la jugada. Pero con una diferencia clave: entonces Rajoy era un líder en retirada; ahora Feijóo es un hombre que aspira a construir, no a destruir.
Lo que está claro es que la decisión final no se tomará en un despacho de la calle Génova. Las bases gallegas, con sus alcaldes y sus diputados autonómicos, tendrán voz. Y Feijóo, que conoce bien la morriña de su tierra por la estabilidad, sabe que no puede ignorarlas. La moción de censura, si llega, no será un gesto de bravuconería, sino una operación quirúrgica. O al menos, eso es lo que desde Santiago repiten con esa mezcla de prudencia y retranca que tanto caracteriza al PP gallego.
Mientras tanto, en las tabernas de Compostela y en las tertulias de las Rías Baixas, el runrún no cesa. La política española, una vez más, se juega en Galicia. Y Feijóo, como siempre, parece tener la última palabra.
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