Han pasado casi treinta años desde que el exmarido de Ana Orantes la asesinó, rociándola con gasolina y quemándola viva. Esta semana, en la Audiencia de Pontevedra, se escuchó la historia de otra mujer, muy joven, que sufrió el mismo patrón de violencia. La fiscal del caso no dudó en establecer el paralelismo: si esta víctima no acabó como aquella, dijo, fue únicamente gracias a los avances médicos. La joven, que este jueves cumplió 31 años, vive lo que en sede judicial se describió como una auténtica muerte en vida. Según adelantó La Voz de Galicia, el juicio quedó visto para sentencia el mismo día de su cumpleaños.
El acusado, su expareja, reconoció los hechos. Durante toda la vista oral se mantuvo impasible, sin un gesto. No miró a la víctima. No pidió perdón. La sala de la Audiencia de Pontevedra fue testigo de un relato desgarrador: una mujer que, literalmente, ya no puede mirarse al espejo. Las secuelas físicas y psicológicas son devastadoras. La gasolina, el fuego, la huida. Todo quedó registrado en los informes forenses y en las declaraciones de los testigos.
El día que la vida se apagó
Los hechos se remontan a un episodio de violencia de género que casi acaba en feminicidio. La expareja de la joven la roció con gasolina y le prendió fuego. Ella logró sobrevivir, pero su cuerpo quedó marcado para siempre. Las quemaduras cubren gran parte de su anatomía. Los médicos que declararon en el juicio explicaron que el proceso de recuperación ha sido largo, doloroso y aún no ha terminado. Cada cicatriz es un recordatorio constante.
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Conoce más →La comparación con Ana Orantes no es baladí. Aquella mujer, en 1997, denunció públicamente en un programa de televisión los malos tratos que sufría. Días después, su exmarido la quemó viva en el cortijo familiar. Su caso marcó un antes y un después en la conciencia social sobre la violencia machista en España. Ahora, casi tres décadas después, una joven viguesa ha revivido ese mismo infierno. La diferencia, como señaló la fiscal, es que ella sigue viva. Pero la pregunta es inevitable: ¿qué vida le queda?
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La actitud del acusado durante el juicio fue uno de los elementos que más impactaron a los presentes. Según las crónicas judiciales, el hombre no mostró emoción alguna. Ni arrepentimiento, ni tristeza, ni siquiera indiferencia. Sencillamente, nada. Permaneció sentado, con la mirada perdida, mientras los forenses describían el calvario de su expareja. Los psicólogos que evaluaron a la víctima coincidieron en que sufre un trastorno de estrés postraumático severo. No puede dormir, no puede salir a la calle sin sentir pánico, no puede reconocerse en el espejo.
La defensa, por su parte, se centró en atenuar la condena. Alegó que el acusado reconoció los hechos y que, en cierto modo, colaboró. Pero la fiscalía sostiene que la violencia ejercida fue de una crueldad extrema. La calificación inicial del delito es de asesinato en grado de tentativa con la agravante de género. La petición de pena es elevada. La sentencia se conocerá en las próximas semanas.
El dolor que no se ve
Más allá de las quemaduras físicas, está el daño psicológico. Los informes periciales describen a una mujer que ha perdido su identidad. No solo por el aspecto físico, sino por la imposibilidad de retomar su vida anterior. Trabajaba, tenía amigos, proyectos. Todo se desvaneció en el momento en que la gasolina ardió. Ahora vive recluida, con miedo a las miradas, con miedo a todo. «No es capaz de mirarse al espejo», resumió uno de los psicólogos. Esa frase, escuchada en la sala, condensa toda la tragedia.
La joven no declaró en el juicio. Los especialistas recomendaron que no lo hiciera para evitar una revictimización.
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