La luz como coartada: cuando el sol no explica lo inexplicable
El 15 de julio de 2025, un siniestro vial en la carretera CG-4.2, a su paso por O Rosal, se cobró la vida de Brais Otero, un motorista que circulaba por una vía que, según las circunstancias del momento, debería haber sido perfectamente visible para cualquier conductor atento. Sin embargo, lo que podría haber quedado como un trágico accidente más en las estadísticas de la siniestralidad gallega se ha convertido en un caso judicial que pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿hasta dónde puede llegar la excusa del deslumbramiento solar?
El conductor implicado, un varón de Murcia que permaneció ocho días en paradero desconocido tras el siniestro, alegó ante la autoridad judicial que la posición del sol le impidió ver al motorista. Pero los elementos recogidos durante la investigación apuntan en una dirección muy distinta. A las 16.37 horas de aquella jornada de julio, el astro no se encontraba frente al parabrisas, sino desplazado hacia la derecha de la trayectoria del vehículo, una posición que, según los expertos en seguridad vial, no genera un deslumbramiento crítico para la conducción.
La geometría del engaño
Resulta llamativo que, en pleno siglo XXI, con toda la tecnología disponible para reconstruir accidentes y analizar las condiciones de visibilidad, todavía se recurra a un argumento tan manido como el del sol cegador. La reconstrucción realizada por los investigadores demuestra que, en el tramo exacto donde ocurrió el siniestro, la luz solar incidía lateralmente, sin afectar de manera determinante al campo visual del conductor. Los reflejos captados en las imágenes tomadas un año después, a la misma hora, corroboran que cualquier persona al volante podía distinguir perfectamente la silueta de una motocicleta aproximándose.
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Conoce más →No es la primera vez que en los tribunales gallegos se escucha esta justificación. La jurisprudencia española ha sido clara en numerosas ocasiones: el deslumbramiento solar puede ser considerado un factor atenuante en circunstancias muy específicas, pero nunca una eximente completa cuando existen otros elementos que apuntan a una conducción negligente. En este caso, la fuga del conductor durante más de una semana sin auxiliar a la víctima añade un componente ético que trasciende lo meramente jurídico.
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Quizás el aspecto más perturbador de este suceso no sea la colisión en sí misma, sino la reacción posterior del implicado. Ocho días desaparecido, sin presentarse ante las autoridades, sin preocuparse por el estado de la persona a la que había arrollado. Una conducta que, a ojos de cualquier observador, denota una preocupante falta de empatía y, posiblemente, la conciencia de haber cometido algo más que un simple error de cálculo al volante.
Los accidentes de tráfico son, por desgracia, una constante en nuestras carreteras. Pero cuando quien los provoca decide eludir su responsabilidad y esconderse, la tragedia se transforma en un acto de cobardía que merece un reproche social aún mayor. La fuga no solo agravó la situación emocional de la familia de la víctima, sino que también retrasó la investigación y sembró dudas sobre la versión del conductor.
El valor de la reconstrucción forense
La labor de los equipos de investigación en este tipo de siniestros resulta fundamental para desmontar coartadas poco sólidas. La fotografía tomada un año después del accidente, a la misma hora y en el mismo lugar, se ha convertido en una prueba gráfica de enorme valor. Muestra un sol desplazado, sin capacidad para cegar a un conductor que mire al frente, y desmonta la principal defensa del imputado.
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