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Santiago: Fantasía pétrea

keltic se prentjie
Santiago de Compostela

Siete son las colinas principales de Compostela, como Jerusalén, Roma o cualquier ciudad santa que se precie. Desde lo alto podemos ver que en el centro, sobre el Monte Lidredom, cual lomo de un enorme animal dormido, se extiende desparramándose de forma irregular como un manto de edificaciones de granito, sobre la que destacan las altivas torres de su catedral, como si fuera un sempiterno guardián. Podemos comprender, con la boca abierta la fascinación despertada por la ciudad del Apóstol, en los millones de peregrinos que forjaron su fama desde la Edad Media, convirtiendo el Camino, no solo en la vía más transitada desde el medievo, sino vertebrador de la cultura Europea.  

 Situada, a groso modo en el centro de Galicia,  Compostela merece más que unas horas. De tamaño humano, muchos la califican, para orgullo de sus ciudadanos como la “aldea más grande de Galicia”, sobre todo por la fusión milimétrica en campo y ciudad. Con equipamientos urbanos de primer orden, está ciudad que supera “de hecho”, los 140.000 habitantes, está a la cabeza en cuantos a parámetros de calidad de vida  se refiere, y donde, el campo, parques, fincas de cultivo se meten de forma osada en los recovecos del entramado urbano. Más que nada Compostela, es un enorme parque con construcciones por el medio. Con de diez premios internacionales de urbanismo por su buen hacer, y practicas constructivas modélicas no solo en la rehabilitación de su ingente casco histórico, sino en la inteligente conjunción de barrios nuevos y viejos, el alma de la ciudad es su “parte vieja”, que lo convierten en una de las más hermosas de Europa, y en donde parece que el tiempo se ha parado. 

A pesar de este compendio de arte, casonas, palacios, iglesias, y encantadores calles peatonales, el bosque de piedra es una parte viva, que muestra sus señales vitales al visitante. Una piedra que vive, respira, resplandece con barniz de vida cuando llueve, y refleja historias, siluetas, personas, y sobre de olores, sonidos y sensaciones. El bullicio que retumba en cada esquina, desde los báculos de los peregrinos, sus cantos, o el murmullo de estudiantes, turistas, tunos, o la actividad centenaria de su mercado. Sonidos entrañables de la Berenguela, cuya campana sigue siendo el son más destacado, o el olor a musgo, campo, humedad, o aroma a chocolate y café de decenas de locales históricos. Sin duda, el corazón vivo, es la catedral, y su entramado monumental de sus cuatro plazas, que presentan una visión abierta del edificio. Templo que es comenzado en el siglo XI, y que supone una fusión de estilos, y en donde la fachada del Obradoiro es su cara más hermosa y estampa universal. Catedral que además de los ritos propios de todo buen peregrino que se precie (Botafumeiro, Puerta Santa, abrazo al Apóstol, Santo Dos Croques en el Pórtico de la Gloria,  actos litúrgicos, y visita a la cripta del santo) ofrece uno de los museos catedralicios más ricos de España. 

Una breve referencia a sus plazas anexas: La del Obradoiro es el mascarón de proa del turismo compostelano. Siempre llena, activa, y transitada. Peregrinos, propios y extraños, muestra además de la Catedral, el Palacio de Fonseca (primera sede universitaria, más concretamente fundada en 1492), el Palacio de Raxoi, que acoge el ayuntamiento y la presidencia del gobierno autónomo, y el Hostal de los Reyes Católicos, antiguo hospital de peregrinos hoy el parador más opulento y lujoso de España,. La puerta de las Platerías, es más coqueta y humilde, pero igualmente hermosa, significativos son a Casa do Cabildo, y la armónica Fuente de los Caballos con el sonido del agua haciendo eco en cada esquina. La Puerta Santa, en la parte trasera de la catedral nos presenta la segunda plaza más extensa de la ciudad: la Quintana, sobre un antiguo campo santo es un lugar vivo. Lugar de conciertos, o llena de gente sobre todo en épocas estivales, cuando las terrazas de los cafés, ofrecen momentos de descanso y placidez. Y finalmente la plaza más anónima, que la Puerta de la Inmaculada, cuya fachada compite con poco éxito con la magnificencia del segundo conjunto monumental más grande de la ciudad que es el Monasterio de San Martín Pinario, y en donde no debemos dejar de visitar el retablo barroco de su iglesia. 

Pero no debemos pensar, que el patrimonio de Compostela, se reduce a los aledaños de la catedral, sino  que pasear sin rumbo, meterse en callejones misteriosos llenos de historia y conspiraciones, y esquinas de dimensiones imposibles, es obligado en Compostela. Sobre todo por lo más selecto que son la Rua do Vilar y la Nova; dos arterias paralelas que parten de la catedral, y que de lugar de palacios y casonas con blasones de lo mejor de la sociedad Compostelana, han pasado a ser calles netamente de paseo, debajo de los eternos soportales, y aun conservando alguno de los establecimientos de más sabor local. Cierto, que el empuje turístico está siendo devastador, y está arrinconando nombre comerciales tradicionales, pero todavía debemos fijarnos en lugares como el Café Casino, que sigue mostrando un decadente ambiente. O en Bautizados, la Farmacia Bescansa del siglo XIX es también una visita recomendable. La Plaza de Cervantes, pasa por ser una de las plazas más equilibradas de la ciudad. Sería infinito la lista de recomendaciones de sus decenas de iglesias, conventos que todavía siguen ofreciendo visitas a sus entrañas, y como no una muy buena pastelería, museos, calles y plazas. Y el placer radica en su descubriendo pausado, dejándose llevar por nuestros pies tras coger un buen mapa en la Oficina de Turismo sita en la Rua Do Vilar. Donde la ciudad, adquiere tintes mágicos es en una noche de “luces tenues”, “iluminación controlada”, que dan un ambiente entre tétrico, fantasmal, espiritual, y de ensoñación. 

Pero debemos salir de la almendra Compostelana, y visitar barrios también de interés. Si el Ensanche, ofrece el obvio atractivo de concentrar la actividad comercial, y de ocio más destacable de la ciudad, no deja de ser una ciudad moderna más. Si queremos ver barrios castizos, debemos pasear por Rua Do Medio, o el Carmen, o Belvis, y sobre todo perdernos en los afamados parques compostelanos. Cierto que nos llevaría semanas. Pero la Alameda que vertebra la parte nueva de la vieja, es el parque de principios de siglo por excelencia. Lugar de ocio de los compostelanos de toda la vida, sobre todo en su Paseo de la Herradura, ofrece algunas de las estampas, y panorámicas más bellas de la ciudad extramuros. Pero referencias también obligadas serían el de Bonaval, de espaldas al Museo de Arte Contemporáneo, y Do Pobo Galego, el de Vista Alegre, que acoge una interesante y ecléctica mezcla de edificios antiguos  y  de diseños, el anexo del Auditorio de Galicia, y también el Paseo do Sarela que desde la Iglesia del Carmen de Abaixo, nos llevan por los márgenes de la ciudad, por un entorno de bosques salvajes, ríos, cascadas, y pureza natural. Llevando el peso de la tradición, el compostelano medio quiere sacudirse el San Benito, de ser una ciudad vieja, e invierte ingentes cantidades de dinero en vestirse con edificios de diseño, y apuntalar el tejido turístico, levantando edificios de autor y así entrar en el circuito de la arquitectura moderna. Aunque en obras, Santiago tendrá como Valencia y Bilbao, su macrocomplejo: La Ciudad de la Cultura, de Eisenman, que desde el Monte Gaias será una enorme vieria monumental unida al centro por un escénico teleférico. Hay una especie de paranoia de levantar también una capital digna del siglo XXI. 

Deberíamos quizás citar también otros aspectos destacados. Si la ciudad es placidez en cada una de sus esquinas, recomendamos visitar la iglesia de Sar, nuestra Torre de Pisa particular con columnas tan inclinadas que amenazan el sentido común, fijarnos en el peregrino fantasma que de forma caprichosa se forma en la Quintana, o escuchar los cantos de las monjas de San Pelayo tras la misa de las ocho. Compostela pasa por ser una sinfonía gourmet para nuestros sentidos, que va más allá de la recreación visual. Hacer un “Paris-Dakar”: dos bares en las dos puntas de la Calle del Franco, lugar por excelencia del buen comer o beber, o subir al Pedroso, el pulmón natural y en donde podemos contemplar desde lo alto, una vista celestial, con el Pico Sacro de la leyenda de la fundación de la ciudad a lo lejos. Claro está con permiso de los peregrinos, que desde el Monte del Gozo, ven la ciudad por primera vez. Pero sobre todo, ciudad sin prisas, pero sin pausa, que es un compendio perfecto de lo mejor que el ser humano puede construir, y transmitir a futuras generaciones. 

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