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Olegario Vázquez Raña: «Me arrepiento de no haberme dedicado más tiempo a mí mismo y a mi familia».

  El empresario de origen gallego, uno de los hombres más ricos de México, recuerda cómo fueron los inicios de sus padres que emigraron desde Ourense, y lamenta la violencia en ese país: «Es incontrolable».

Olegario Vázquez Raña: «Me arrepiento de no haberme dedicado más tiempo a mí mismo y a mi familia».

El empresario de origen gallego, uno de los hombres más ricos de México, recuerda cómo fueron los inicios de sus padres que emigraron desde Ourense, y lamenta la violencia en ese país: «Es incontrolable».

MIGUEL VILLAR

Ruth Nóvoa  - LA REGION -Ourense 09/03/2020 21:04 h

Olegario Vázquez Raña (México, 1935) es uno de los hombres más ricos de un país al que sus padres llegaron en 1925, «en una situación muy difícil». Visita Ourense periódicamente, no solo para disfrutar de las vacaciones en Avión, el pueblo donde están sus raíces familiares. También para arropar a otra ourensana de la emigración, la religiosa Salud Conde, directora general de los colegios Miraflores. Vázquez Raña es uno de los benefactores de estos centros educativos, con presencia en México y España, pero también en Venezuela, Perú, Angola, Benín, Timor y Portugal. El colegio ourensano celebra esta semana los diez años de su ampliación y Olegario Vázquez Raña no faltó este lunes a una cita que movilizó a una parte importante de la sociedad ourensana.

—Se nota que es usted una persona relevante en el panorama económico. Menudo poder de convocatoria...

—Yo no me referiría a una persona importante en el ámbito económico. Hablaría más de la clase de persona, sus pensamientos, cómo piensa de los demás... Porque la economía, ¡nunca se sabe! Hay muchos ricos que debían ser pobres y muchos pobres que debían ser ricos.

—En todo caso, tiene una larga trayectoria y un liderazgo empresarial. Y todo empezó con sus padres emigrando desde Ourense hasta México. ¿Cómo los recuerda?

—A mi papá lo recuerdo como un hombre, muy trabajador, bueno responsable, pero tirando más a buena gente que a estricto. Mi mamá sin embargo era muy dura, muy estricta. La disciplina la tenemos por mi mamá.

—¿Cómo empezaron?

—Mi padre empezó siendo abonero, que era una persona que iba por las casas vendiendo cosas, una manta o un cobertor, a plazos. Alguna gente lo toma como ofensivo. Y cuando me preguntan, lo digo: es un gran orgullo contar que mi papá empezó en eso y que nosotros llegamos a superarlo. Me siento muy orgulloso del inicio de mi papá y del inicio de mis hermanos. Salíamos de la escuela e íbamos a trabajar. Yo empecé a trabajar a los nueve años. Voy a contarle una cosa que he contado muy pocas veces. Un día mi papá me dijo que fuera a cobrar un abono a una señora. Llegué y eran unas calles de tierra, con casas de cartón; toqué a la puerta y salió un niñito desnudo, sin bañar. Le pregunté por la señora y me dijo que era su mamá. Y yo le dije: «Nos vemos». Me di la vuelta y me fui. Me dio pena, me dio vergüenza cobrarle. Al día siguiente mi padre me preguntó por el dinero, recuerdo que eran cincuenta centavos. «No estaba la señora», le dije. «No me mientas porque esa señora está siempre», me contestó. «No tenía». Y él: «No me mientas, porque nunca ha dejado de pagar el abono, y regresa a cobrarle». Y lo confesé: «Papá, no pude, me pasó esto». Recuerdo que me dio un coscorrón y me dijo: «Con qué crees que te mantengo yo a ti y te mando a la escuela». Pero mi sensación era otra: «Nosotros tenemos poco pero aquellos no tienen para nada». Y no fui. Pero me quedó tan bien aprendida esa lección que luego los hermanos cuando empezamos a trabajar más en serio —tendría yo 12 o 13 años, mi mamá había enfermado— ya no queríamos vender el abono. Queríamos contado. Y por eso empezamos a cambiar y a hacernos hombres de negocios. Y ahí empezó la historia de los hermanos Vázquez Raña.

—Echando ahora la vista atrás, ¿se arrepiente de algo?

—Me arrepiento de no haberme dedicado más tiempo a mí mismo. Me arrepiento de no haberle dedicado más tiempo a mi familia, aunque se lo dediqué todo. Julio y agosto, de vacaciones siempre, desde que nacieron mis hijos. Además de ser un hombre de negocios, tuve mucha suerte. Es verdad que dicen que la suerte no anda con los tontos. Emprendí mucha clase de negocios de diferentes tipos y en todos me fue muy muy muy bien. Ahora que tenemos el grupo de hospitales más importante, el grupo de hoteles, los negocios financieros, los medios de comunicación... a veces digo: qué mal sería tener mil millones de dólares menos si me pude haber dedicado más a mi familia. A mis hijos —dos hijas y un hijo, que trabajan y son responsables como yo— se lo digo, les aconsejo: por favor, no hagan lo que yo, porque ahorita les iría igual que le quedaran equis millones de dólares menos y me los podía haber gastado (risas).

—¿Cuántos empleados tiene el grupo Ángeles, del que es presidente y que ahora dirige su hijo?

—Tenemos el grupo Ángeles, pero también tenemos algunos negocios fuera del grupo. Son 110.000 empleados más o menos. Hay gente que tiene cuarenta o cincuenta años trabajando conmigo, son parte de mi vida. Hace diez años yo le entregué, poco a poco, la dirección de todos los negocios a mi hijo (Olegario Vázquez Aldir, que asesora al presidente de México en cuestiones económicas).

—Pero usted algo opinará. A lo mejor en las comidas familiares...

—Un día a la semana comemos en la casa. Esos días tenemos comida para 18 personas. Y hay comentarios. Pero yo ya solo ejerzo de consejero. Es cierto que voy a mi oficina todos los días, tengo mis secretarias, pero mi hijo es el mandamás. Cuando hay algún problema de mucha responsabilidad me pregunta, pero no me gusta decirle ni blanco ni negro. Me gusta que me dé primero su opinión. Yo no le digo por donde debe ir pero le oriento. Es un muchacho muy responsable y toma todas las decisiones y las toma muy bien. Pero sobre lo que me preguntaba antes, lo de arrepentirme. Yo trabajé y trabajé. Y a lo mejor en lugar de estar un mes en España, tenía que haber estado mes y medio. Acababa agosto y volvía a México. Y ahora pienso: qué tonto fui, por qué no me quedé hasta el 15 de septiembre. ¿Qué hubiera dejado de ganar?

—¿Cuál fue la evolución del almacén que fundaron sus padres?

—El primer grupo fue de los cuatro hermanos, tiendas Hermanos Vázquez, entre los sesenta y los ochenta. Fue el mejor negocio que hubo en el país. Se ganaba lo que se quería. Nadie podría creer lo que ganamos nosotros en ese tiempo. Entonces, en los ochenta, un hermano se quiso independizar y le liquidamos su parte (se refiere a Mario Vázquez Raña, ya fallecido). Tuvimos un poco de enfrentamiento él y yo. Éramos los hermanos que más despuntábamos. Los otros eran muy inteligentes, pero menos ambiciosos, por decirlo de alguna manera. Yo le debo a él mucho de lo que soy porque recuerdo que en una comida dijo «yo soy el más tal, el más tal y el más tal». Le dije que era correcto, pero yo a partir de ese día me puse manos a la obra. Le pedí a un banco mexicano 1.500 millones de pesos, todo el dinero del mundo, y me lo prestaron. Tenía muy buenas relaciones. Yo fui dueño de una camionera Omnibús de México, unos autobuses que iban de México a Estados Unidos. Cada autobús dejaba un promedio de 50.000 pesos que eran como 7.000 dólares libres mensuales. Cuando yo vi que un autobús dejaba eso al mes compré, compré, compré... tenía 1.500. Tenía una sola secretaria y no le dejaba que ingresara los cheques porque yo, como los avaros (risas), contaba los cheques cuando volvía de viaje. No me importaba la cantidad, pero me importaba ver cada autobús. Cuando compré esa compañía de autobuses también compré una empresa de desbroces, teníamos 60 máquinas y costaban cada un 1,2 millón de dólares. Y esa compañía fue una compañía muy grande. Luego compré los aeropuertos de México con Aena, Dragados, Fenosa... los quince aeropuertos más importantes de México. Después me metí... ya ni me acuerdo... pero en negocios, negocios y negocios. Nunca me salió uno malo. Mi papá todos los días venía conmigo y me preguntaba que qué tal. Me decía: «Yo tengo mucho dinero, si lo necesitas». Y yo le pedía que me lo prestara, aunque no lo necesitaba, y mes y medio después se lo devolvía y le pagaba los intereses. Él no quería, pero yo le decía: «Hice unos negocios con tu dinero y gané tanto». Y él se sentía muy contento y orgulloso. Tenía una relación muy fuerte él y yo. Pero en definitiva yo brinqué a tantas cosas, a tantos negocios, casi por ese pique entre hermanos. Él (Mario) se metió a los medios de comunicación y no tuvo otra cosa. Mi éxito fue una cosa personal: me dije voy a salir y salí.

—La emigración gallega tiene un gran peso en México. 

—Hubo mucha gente que trabajó mucho y bien. Mi papá y mi mamá sí sabían leer, más o menos bien, lo de la escuela del pueblo, pero había muchos que casi no sabían, pero se defendían porque el gallego es muy hábil. Mi papá fue un hombre triunfador, fueron seis hijos y los mantuvo a todos. Cuando yo terminé la primaria me preguntó que qué quería hacer. Yo le dije que quería estudiar una carrera y él me contestó: «Pues ya la tienes, la de trabajar». Yo le insistía en que quería ir a la universidad, pero no podía mantenernos a todos. A mi hermano chico sí se le dio chance de ir a la universidad, pero desgraciadamente lo dejó.

«La violencia en México es incontrolable, los balazos no se arreglan con abrazos»

El grupo Ángeles que preside, ya bajo la dirección de su hijo, en un conglomerado en el que conviven hospitales privados (más de treinta), hoteles (superan los cuarenta), un banco y también medios de comunicación como el diario Excélsior o la cadena Imagen Televisión.

—¿Nunca se planteó invertir en España, montar en la tierra de sus padres algún negocio?

—Yo tuve unas inversiones con españoles en México. Y son unos socios fantásticos y admirables. Hace diez o quince años vi algunas cosas aquí en España, pero estaba muy ocupado. Era presidente de la Federación Internacional de Tiro Deportivo, miembro del COI, viajaba muchísimo, tenía muy buenos directores (casi todas mujeres) en mis empresas, pero no tuve oportunidad de venir y dedicarme a ello. Ahora espero que Olegario (su hijo y director del grupo empresarial Ángeles) lo pueda ver.

—¿Cómo ve la situación de México? La semana pasada moría asesinado un joven de Beariz, a las puertas de su hotel

—Está muy fuerte la delincuencia. La delincuencia en México es incontrolable. El señor presidente que tenemos (López Obrador) es un hombre muy inteligente, tengo más o menos buena amistad con él, pero es un hombre que dice «amor y paz». Pero los balazos no se arreglan con abrazos

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