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José Ameixeiras, 102 años: «O tempo vaise, o que hai que facer é aproveitalo».

ANA GARCIA – 7.2.20 – LA VOZ -

José Ameixeiras, 102 años: «O tempo vaise,o que hai que facer é aproveitalo».

El centenario, que aún conserva la retranca y la picardía de su juventud, lleva una vida tranquila en su casa de Fornelos, en Zas

José está hecho de otra pasta. «Xa de mozo, cando chegaba de traballar na terra, el facía así un pouquiño coa auga e xa estaba limpo. Os demais non, tiñamos que fregar e fregar», relata el hijo de este centenario. Él y su mujer viven con José en casa, aunque después de pasar un rato con ellos, estoy en calidad de afirmar que mucho trabajo no les da. «A miña irmá casou, e como non había ninguén que quedara aquí, quedei eu. Non gañei moito, pero durmín boas sestas», bromea el hijo.

A punto de soplar sus 102 velas, José baja las escaleras de su casa de Fornelos lento, pero seguro. Todavía conserva la belleza que encandiló a muchas en su aldea, y se nota que es presumido. También zalamero. «Muy buenas». «Está hecho usted un chaval», le digo. Y se ríe. Rehúsa sentarse en su sillón de siempre y opta por quedarse más cerca. «Sodes boas mociñas guapas», nos espeta a la fotógrafa y a mí. Su sonrisa es contagiosa. Y su vitalidad también. Disfruta de la vida, y se le nota. Y eso que en este último año, desde que enviudó, tuvo un pequeño bajón. Ahora se recupera de un buen trancazo que no ha logrado apagar el brillo de sus ojos.

«Cuénteme su vida», le comento. Respira, piensa unos segundos, y dice: «Eu teño moito que contar, ho». La de José ahora es una vida tranquila, pero bien pudo haberse quedado por el camino varias veces. «Traballou moito, eh, moitísimo. Nós tiñamos moito terreo e había que traballar máis, o que pasa é que foi un home duro, duro. Tirando por un arado dos animais ata a noite… Se agora fose coma antes, aquí na aldea non había ninguén», relata su hijo.

Pero la mayor dureza de su último siglo no viene del campo de su finca, sino del de batalla. Instantáneamente, sus recuerdos le llevan a la guerra civil, en la que luchó desde el bando franquista. «Eu estiven na guerra en Guadalajara. Estiven deitado nun baixo, e as balas pasando por riba. A canonazos, e logho?», relata. En aquel momento tenía 19 años: «Estaba na primeira compañía. Eu era das dereitas e os outros das esquerdas, pero eramos irmáns. Os irmáns uns contra os outros? Iso non podía ser». «¿Pasó miedo?», le pregunto. «Mira… o sangue do home é moi duro...». Un día vio cómo mataban a un chaval. «Non hai entendemento, porque a aquel rapaz non tiñan falta de matalo. Tiña pai e nai». El chico gritaba que era de izquierdas y le decían que se callase, pero no hubo forma. «Estaba un pouco tocado da cabeza, encontrárono durmindo, pobriño. Eu ía coa patrulla, collémolo. Matárono e mandáronmo enterrar a min».

Su hijo le ayuda a completar la anécdota: «Meu pai estaba coas botas rotas amarradas con aramio en medio da neve, e o compañeiro díxolle: ‘José, cóllelle as botas ao rapaz este, que están novas de todo’. Pero meu pai, non». «Eu boteille un pano na cara por riba dos ollos. Non che conto mentira ningunha», sentencia José, que por momentos revive la instrucción: «Dicíannos: ‘¡Eee... Ooooh! ¡Eee... Ooooh! ¡Media vuelta! ¡Izquierdaaa!’, ja, ja», se ríe.

DE LA GUERRA AL ALTAR

Cuando la pesadilla de la guerra terminó se fue para Betanzos, pero no por mucho tiempo. Padecía de un oído y desde allí se fue al hospital de A Coruña. Casi lo operan, pero el médico le dijo que mejor lo dejase así. Lo que pasa es que en vez de volver para Betanzos, se lio y se quedó por la ciudad herculina más tiempo del que debería. Lo vio un vecino y le dijo: «José, que fas aquí? Están repartindo as licenzas». Pero uno de los tenientes no estaba por la labor de dársela. «O larpeiro aquel… Foi á Coruña para matarme, pero mentres o tenente ía para alá eu deille uns aforros a un cabo e vendeume a licenza», señala José, que todavía se ve escondiéndose de él: «Eu andaba camuflado, e vino vir pola rúa Real coa pistola, pero escondinme».

Con todas estas aventuras en la mochila, a los 32 sentó la cabeza y se casó. «A miña muller foi de aquí da vila, pero aquí estaban todas tolas por min. Estaban á pesca miña todas as mulleres, e iso que eu nin bailaba nin nada, eh, ía a unha festa a Cabo do Viño ou a San Cristovo e dicíalles: ‘Se queres vir comigo a dar unha voltiña...’ E xa viñan correndo. Eu por chavalas non era...», asegura. Pero al final se quedó con una: Dorinda. «Tiña 16 anos cando empecei a andar con ela. Pero eu tiña moza, eh, tiña». José y Dorinda tuvieron una relación durante un tiempo, la dejaron y volvieron más tarde. Superaron los 67 años de matrimonio hasta que ella se murió el año pasado. Pero la juventud es lo que tiene, y antes de pasar por el altar José aprovechó bien el tiempo: «Eu tiña unha moza de aí de Pazos e outra máis. Ía un día ao lado dunha e ao outro día coa outra», dice entre risas. Ahora, cuenta su hijo, a veces parece que habla solo, pero en realidad habla con Dorinda: «Pasaban horas falando os dous aí fóra e el segue a facelo». A pesar de su ajetreada agenda sentimental, tuvo a sus dos hijos con la mujer de su vida. «Tívenos con ela. Podía ter varios fillos por aí, pero non. Eu non. Hai que ser cristián. O ter fillos por aí adiante non é ningunha riqueza».

No hay más que verlo para concluir que se encuentra bien: «Ando ben, ben. O que pasa é que quero ir de veraneo polo mundo e nin teño quen me leve nin podo tampouco, ha, ha». Resume su día a día en tres verbos: comer, descansar y pasear. «Sobre todo no verán. Eu si, ho, eu aínda podo andar ata Baio co meu bastón», dice fanfarrón. En una semana soplará sus 102 velas. «Serán 50 anos», dice con sorna. «Dobro máis ben», bromea. No tiene una arruga. «Mira, o tempo vaise e un queda. Hai que aproveitalo», recomienda. «A ver si no celebra el cumpleaños con otra novia», le azuzo. «Podía facer polo mundo moitos fillos. Tres ou catro puiden telos, que era novo», replica. «¡Y ahora también!», le insisto. «Agora? -dice mientras se esmendrella de risa-. Agora podo durmir con catro mulleres que non lles fago mal ningún. O tempo vaise, eh, non o dubides. Hai que aproveitalo», insiste antes de besarme la mano como el caballero que es.

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