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Alfonso Posada, protagonista y narrador del atletismo vigués.

El presidente emérito del Celta va a cumplir 75 años como colaborador de FARO, labor que comenzó a los 14.

Alfonso Posada, protagonista y narrador del atletismo vigués.

El presidente emérito del Celta va a cumplir 75 años como colaborador de FARO, labor que comenzó a los 14.

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FdV - Alfonso Posada Marta G. Brea  - Armando Álvarez 18/12/2019

“En el principio todo era oscuridad”, pudo haber escrito Alfonso Posada, fedatario del Big Bang, relator del Génesis. A Posada se le encomendó el renacimiento de la sección atlética del Celta, que en sus diferentes formatos institucionales comandó de 1950 a 2013. Bajo su padrinazgo se han criado los mayores talentos vigueses. Hoy se le rinden honores en el trofeo veraniego que porta su nombre. Y ha sido narrador a la vez que protagonista. Camina hacia su 75° año como colaborador de FARO; eterno G. Reyes, su pseudónimo, tallado en diamante.

En su vida se contienen convulsiones y geografías. A su padre lo asesinaron el 25 de julio de 1936, ocho días después del golpe militar. Taxista de profesión, “fue a buscar a unos de madrugada a Cabral. Cuando los bajaba por delante de Álvarez les dieron el alto y ya los mataron allí”. Al pequeño Alfonso, nacido en 1931, lo envió su madre a vivir con sus abuelos, que recuerda “muy buenos”.

Crecer huérfano “fue una dificultad”, resume con su austeridad emocional, sin alterar su gesto imperturbable. Gracias a una amistad de la familia consiguió plaza en las Escuelas de San Ignacio, que los Jesuitas reservaban a las clases humildes. Un estudiante de provecho, primer premio en el último curso. Por dos profesores, uno que lanzaba jabalina y otro que era juez, conoció el atletismo. “Me suscitó interés”, indica al principio. “Me chalé por este deporte”, confesará después. “Ha sido un amor profundo”.

El Campeonato de España del Frente de Juventudes, disputado en Balaídos en 1944, es el primer gran acontecimiento que retiene: el estadio abarrotado, la asistencia de Franco a la clausura y un encuentro providencial, mientras merodeaba por los alrededores del palco.

– Manolo, Manolo… ¡Hándicap! –, reclamaron a su lado.

El adolescente Posada conoció así a Manuel de Castro, periodista de alcance, promotor de la fusión de Vigo y Fortuna, seleccionador nacional, prócer ciudadano. De Castro, al regreso de los Juegos Olímpicos de París de 1924, había proclamado en la asamblea del Celta:

– Un club deportivo tiene que tener atletismo.

Aquella sección original gozó de escaso recorrido. No sabía Posada que sería él el encargado de recuperarla. Tampoco se lo pudo celebrar De Castro, que pocos días después de ese encuentro, tan breve como inolvidable para Posada, fallecía atropellado por un tranvía en en el linde portuario.

Su pasión atlética cuajó también de la mano de Luis Miró, un republicano catalán castigado con el exilio a Galicia. En Vigo Miró llegó a delegado de deportes del Frente de Juventudes, que tenía la sede encima del Bar Victoria, en Policarpo Sanz. Miró introdujo en la ciudad el balonmano –a once, en campo de fútbol– y el bádminton para toda España. Fue pionero del balonvolea, devenido en voleibol, e incluso el fútbol americano. Profesor de gimnasia para incontables camadas del Santa Irene, Posada se retrata a su lado, pintando con cal las calles de la pista de ceniza de Balaídos, o paseando juntos Gran Vía arriba, bajo el sol abrasador.

“Así fue naciendo mi afición”, acompasa. Llegó a campeón provincial juvenil de 400 lisos en 1948 y disputó en_Burgos los Juegos Nacionales. Pero una lesión inguinal, sufrida al bajarse de un tranvía, lo retiró pronto. Ejercía de juez desde el inicio y pronto pasó a las labores organizativas. Fue en 1950 cuando Venancio, exjugador del Celta y directivo, le encomendó reactivar la sección de atletismo. “Así recargaban diez céntimos a las entradas”, desliza como razón. Ejerció como delegado de la sección y posteriormente presidente del club independiente hasta 2013; cuando decidió abandonar el puesto, lo nombraron presidente emérito.

El encargo de Venancio le llegó porque Posada ya se había labrado un nombre en el mundillo. Colaborar con FARO había surgido como actividad complementaria a su pasión atlética. Se le ocurrió apenas sobrepasados los 14 años, por iniciativa propia. “Se necesitaba dar información y no escribía nadie”, argumenta. Posada se había suscrito a la revista americana Track & Field News y se compraba diariamente L’Equipe en el quiosco conocido como El Perrete; lo regentaba Nené, la madre de Pepiño Casal, que fue joven velocista y después preparador físico con Aíto y Pau Gasol.

Inspirado por sus lecturas, Posada comenzó a llevar sus notas, elaboradas a pluma, a la redacción del periódico en Colón. Lo recibían Luis del Valle o Manolo Varela, los redactores deportivos de la época. “Había máquinas de escribir, pero yo no sabía, aprendí unos años después y fue mi felicidad”, detalla. Porque esa habilidad, por cumplirle el deseo a su madre y facilitarse las colaboraciones, acabó deparándole el puesto hasta su jubilación de secretario general en Casa Mar, a las órdenes de su adorado Javier Sensat. “Llegamos a tener 102 barcos y 3.000 empleados; una potencia mundial de pesca”.

Posada trabajaba más allá del horario, por 100 pesetas extra a la jornada, e incluso los domingos, por 300. Había que sacar adelante a cuatro hijos (“los cuatro, universitarios”, se ufana). Pero aún reservaba tiempo a sus otras actividades; también escribió de natación y fue locutor en el Náutico, sin distraerse jamás del atletismo. Su mujer, María Isabel González, alentaba y compartía. Fue la primera jueza gallega.

Posada entrenaba a la chavalada, como a un Rogelio Rivas que sería olímpico, hasta que Alfonso Ortega se le acercó una mañana en Castrelos.

– Ya tengo el título y quería entrenar a alguien.

“Le dejé todos los atletas del Celta y triunfó. Ortega ha sido maravilloso”, dice de su compañero de andanzas. Juntos impulsaron las carreras de los más grandes, como Carlos Pérez y Javier Álvarez Salgado. A este se lo presentó el hermano de Pérez. Álvarez Salgado acababa de ganar la Carrera de Navidad sin técnica ni casi querer, por el dinerillo del premio. Se presentó a Posada con un pitillo en los labios. “Y ya ves, tres veces finalista olímpico y diecisiete récords nacionales absolutos”.

“Enaltercer los éxitos de Carlos y Javier ha sido mi mayor satisfacción. Y aquella última página mía en el Faro Deportivo de los lunes… Viví momentos de euforia con el atletismo céltico”, confirma Posada; sin firma en los primeros sueltos, luego A. Posada o A.P.S. Pero pronto y para siempre G._Reyes, alias cuyo origen explica:_“Mi nombre no podía salir en el periódico por la empresa. Tenías que dedicarte exclusivamente al trabajo. La cosa surgió de Gaston Reiff, un campeón belga al que yo admiraba (batió a Zatopek en los 5.000 de Londres 1948). Por G. Reiff me puse G. Reyes”.

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Posada, que en marzo cumplirá 89 años, ya no acude con tanta frecuencia a Balaídos. Se dedica al cuidado de María Isabel. Pero sigue al tanto de los talentos emergentes, atento a sus progresos.

– Papá, tienes que aprender a usar el ordenador–, le conminó su hijo David, catedrático en la Universidad de Vigo.

“Tengo una máquina eléctrica, que me regalaron en Casa Mar, pero ya ni sé usarla. Sin ordenador hoy no vives y es además una gozada. Te puedes relacionar a nivel internacional”, celebra. Ya no deja notas en Colón ni llegan sus faxes a Chapela. Son sus correos electrónicos los que consignan con puntualidad las últimas marcas de Balaídos o anticipan los campeonatos venideros. Concreta: “Sigo escribiendo y espero seguir toda la vida, mientras la mente no me falle”.

Temas: Atletismo, celta, deporte, historias personales

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